En mi lista de propósitos de Año Nuevo este 2019 hay cosas más o menos sencillas: leer cosas nuevas, poder viajar lo máximo posible y, sobre todo, poder disfrutar de cuantas más obras audiovisuales posibles; además de poder reseñarlas en alguna parte. ¿Y qué mejor forma de empezar el año que intentando cumplir este propósito? Así pues, y siguiendo el ejemplo de varios compañeros, en estas próximas entradas voy a hacer una lista de algunas películas y series que me han marcado durante este año que ya se ha quedado atrás. Este 2018 he cometido el error de no ver demasiadas películas en el cine, de manera que así intentaré compensarlo (y arreglarlo este año que empieza).
Una (mini)serie que me haya marcado: Sharp Objects (2018, Jean-Marc Vallée).
Las adaptaciones de Gillian Flynn al cine o la televisión suelen ser señal de éxito, y en el caso de Sharp Objects, la miniserie de ocho episodios no tiene nada que envidiarle a su "hermana mayor" Gone Girl (2014, David Fincher), sobre todo a la hora de contar con un reparto liderado por una Amy Adams que se come todas y cada una de las escenas; pero también con Patricia Clarkson que desborda tensión en las escenas junto a su hija ficticia, un Chris Messina que demuestra que puede salirse del registro en el que se había encasillado como protagonista de rom coms como The Mindy Project y, especialmente, uno de los descubrimientos del año como es Eliza Scanlen.
La Amma interpretada por Scanlen consigue transmitir y profundizar en el personaje escrito por Flynn, dándole nuevas dimensiones que el libro no podían plasmar; además de aportar cierto mal rollo en todas y cada una de sus escenas. No se lo digáis a mamá, pero solo por el último episodio la joven actriz australiana se merecía una nominación a los Globos de Oro. Solo espero que papeles como su próxima participación junto a Greta Gerwig en su adaptación de Little Women sea la primera de muchas que podamos ver... Y que los Emmys hagan la justicia que los Globos de Oro no han sabido tener.
Una película de superhéroes que merecía más bombo del que se le dio este año: Ant-Man and the Wasp (2018, Peyton Reed).
Cualquier película de Marvel suele tener el listón alto en cuanto sale después de llevar más de diez años viéndolas, pero en el caso de Ant-Man and the Wasp jugaba con la desventaja de ser la película siguiente a Avengers: Infinity War (2018, Anthony y Joe Russo). Y después de chasquidos, cenizas y Peter Parkers que no se sentían muy bien, la secuela de las aventuras de Scott Lang (y la "presentación en sociedad" de Hope van Dyne) vuelve a ser de las películas más infravaloradas de la franquicia de superhéroes; algo a lo que tampoco ayudó ser colocada en la cartelera en pleno Mundial.
Si bien es cierto que respecto a las escenas de acción no se puede llegar a pedir una tan buena como la que nos brindaba Ant-Man (2015, Peyton Reed) en un trenecito con cambios de tamaño con elementos cotidianos, lo cierto es que la película sigue aportando escenas divertidas (la mayoría, en parte, gracias a un Paul Rudd en su salsa y un Michael Peña que sigue robando los momentos estelares) pero, además, un buen prólogo para lo que Marvel nos tiene preparado este 2019: el final de los Vengadores dirigido una vez más por los hermanos Russo, no sin antes sin presentarnos a Carol Danvers, pieza fundamental para la última parte de las aventuras de Tony Stark, Steve Rogers y demás, en Captain Marvel (2019, Anna Boden y Ryan Fleck).
Uno de los directores sorpresa del año: A Quiet Place (2018, John Krasinski).
2017 fue el año en que descubrimos que la gente del mundo de la comedia también podía ponernos los pelos de punta en el cine gracias a Get Out (2017, Jordan Peele). Y mientras esperamos a la próxima incursión en este género por parte de Peele en Us (2019, Jordan Peele) protagonizada por Lupita Nyong'o y Winston Duke, John Krasinski hacía lo propio con A Quiet Place, protagonizada por él mismo y su mujer, Emily Blunt. Jugar y experimentar con los sentidos no es nada nuevo en el cine de terror, pero es curioso verlo en un mismo año en el que han coincidido A Quiet Place y la recientemente estrenada por Netflix Bird Box (2018, Susanne Bier).
Aunque no se trata del debut de Krasinski como director porque ya lo hizo antes con The Hollars (2016, John Krasinski), es esta película y, sobre todo, el tándem formado por él y Emily Blunt el que sostiene la película; con mención especial a la escena de la bañera, que ya se considera como una de las escenas del año. Sin duda, será una de las películas que seguro que reciben varias nominaciones a los Oscars, de manera que solo nos queda esperar y pedirle al 2019 más colaboraciones entre Krasinski y Blunt igual de buenas que esta.
Una película de la que esperaba poco pero me sorprendió para bien: Game Night (2018, John Francis Daley y Jonathan Goldstein).
Si alguien me conoce un poco sabrá que uno de mis guilty pleasures (o no tanto, porque lo reconozco sin ningún tipo de remordimiento) cinéfilos es Horrible Bosses (2011, Seth Gordon), y si aparece una película dirigida por los guionistas de la misma película que dio escenas tan brillantes como Charlie Day cantando That's not my name de The Ting Tings o un asistente de navegación cómplice de asesinato, la primera reacción que tiene alguien como yo es ir a verla.
Game Night cumple con el propósito que tiene, que es hacer reír, sin muchas expectativas; y con personajes como el de Billy Magnussen lo consigue con creces, además de aportar una nueva sorpresa como es la química entre Jason Bateman y Rachel McAdams (y que desde aquí hago un llamamiento a los dioses del cine para que la contraten en más comedias). Necesitamos más películas que nos hagan desconectar un rato, sin pensar demasiado, y también espero que durante estos doce meses que nos esperan por fin consigamos deshacernos de esos estereotipos absurdos de que la comedia es la hermana tonta del drama y así podamos apreciar películas como esta.
Una película mejor que su predecesora (y un tanto surrealista): Mamma Mia! Here We Go Again (2018, Ol Parker).
Vamos a dejar a un lado las incoherencias del guión de esta película (¿desde cuándo Cher puede ser la madre de Meryl Streep y, además, dejar caer que Andy García es el padre de esta última? ¿dónde están las amigas pesadas de Sophie que cantaban con ella Honey, Honey?) para comentar la secuela de Mamma Mia! (2008, Phyllida Lloyd), donde se puede notar bastante la mano de Richard Curtis para hablar de una de las cosas que mejor se le da al director de Love Actually y About Time: la comedia romántica.
Con saltos en el tiempo para justificar el relevo generacional entre Donna y Sophie Sheridan (que, otra vez, vamos a aparcar porque si empezamos a debatir sobre edades, hechos y frases que se dijeron en la primera parte nos dan las uvas de 2020), Mamma Mia! Here We Go Again consigue algo que ni siquiera su predecesora había conseguido hacer con todo el mundo: gustar. Y es que la inclusión de canciones como When I Kissed The Teacher en el repertorio o momentos como la creación de las Dynamos, los tres amores de Donna en Kalokairi dan una amplia visión de aquello que en 2008 vimos pero que no conseguía conectar con el público por ninguna parte.
Game Night cumple con el propósito que tiene, que es hacer reír, sin muchas expectativas; y con personajes como el de Billy Magnussen lo consigue con creces, además de aportar una nueva sorpresa como es la química entre Jason Bateman y Rachel McAdams (y que desde aquí hago un llamamiento a los dioses del cine para que la contraten en más comedias). Necesitamos más películas que nos hagan desconectar un rato, sin pensar demasiado, y también espero que durante estos doce meses que nos esperan por fin consigamos deshacernos de esos estereotipos absurdos de que la comedia es la hermana tonta del drama y así podamos apreciar películas como esta.
Una película mejor que su predecesora (y un tanto surrealista): Mamma Mia! Here We Go Again (2018, Ol Parker).
Vamos a dejar a un lado las incoherencias del guión de esta película (¿desde cuándo Cher puede ser la madre de Meryl Streep y, además, dejar caer que Andy García es el padre de esta última? ¿dónde están las amigas pesadas de Sophie que cantaban con ella Honey, Honey?) para comentar la secuela de Mamma Mia! (2008, Phyllida Lloyd), donde se puede notar bastante la mano de Richard Curtis para hablar de una de las cosas que mejor se le da al director de Love Actually y About Time: la comedia romántica.
Con saltos en el tiempo para justificar el relevo generacional entre Donna y Sophie Sheridan (que, otra vez, vamos a aparcar porque si empezamos a debatir sobre edades, hechos y frases que se dijeron en la primera parte nos dan las uvas de 2020), Mamma Mia! Here We Go Again consigue algo que ni siquiera su predecesora había conseguido hacer con todo el mundo: gustar. Y es que la inclusión de canciones como When I Kissed The Teacher en el repertorio o momentos como la creación de las Dynamos, los tres amores de Donna en Kalokairi dan una amplia visión de aquello que en 2008 vimos pero que no conseguía conectar con el público por ninguna parte.







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