• Tenemos que hablar de Arthur (Fleck)


    Pronto va a hacer un par de semanas desde el estreno de una película que trae tanto polémica como fama a sus espaldas después de haber arrasado en Venecia, ¿pero no van la polémica y la fama de la mano en una industria como la del cine? Efectivamente, nos encontramos delante del caso de Joker (2019, Todd Phillips), una relectura del villano de Batman que en esta ocasión se traslada hasta otra década como son los años ochenta para mostrar a un Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) en horas bajas y su posterior descenso a los infiernos para alzarse como una figura mesiánica que pretende ser el contrapunto a una sociedad corrupta y sin posibilidad de redención alguna y que merece ser castigada por todo lo que ha hecho. Y hasta aquí todo bien: todos estamos de acuerdo en que Phoenix se sale y se come la pantalla durante toda la película, incluso eclipsando a un titán como es Robert De Niro; pero sin entrar en temas de si a través de la película se legitima una cultura tan tóxica a la par que expandida como es la de los incels, lo cierto es que Joker también tiene sus menos (a riesgo de ganarme a pulso entrar en desacuerdo con casi todo el mundo y las críticas que van de la aceptación a la alabanza que ya la ponen a la altura de películas clave del cine contemporáneo). 

    Por así decirlo, es un regalo muy bien envuelto que cuando lo abres se queda en algo mediocre, pero que sigue haciéndote ilusión porque por lo menos han tenido el detalle de envolverlo con un lacito y un papel de regalo que saben que a ti te gusta siempre. Y en esta ocasión el papel de regalo lleva la cara de un Joaquin Phoenix con una energía desbordante, pero lo de dentro se limita a ser algo en cierto modo mediocre; en gran parte viniendo de la mano de Todd Phillips, quien se ha reinventado como cineasta tras crear películas como The Hangover y nos presenta una versión del Joker que se aleja por completo de aquella aberración que fue el de Jared Leto en Suicide Squad (2016, David Ayer). Pero no solo deja a un lado al Joker de Leto, ese que parece estar lapidado ya entre Joker y la próxima película de DC, Birds of Prey (and the Fantabulous Empancipation of One Harley Quinn) (2020, Cathy Yan), sino que también cuenta con el desafío añadido de tener que hacer que llegue a perdurar en la memoria del espectador. Por mucho tiempo que haya pasado, es cierto que en el imaginario colectivo todavía se recuerda con nostalgia a una figura tan mitificada durante la última década como es Heath Ledger en The Dark Knight (2008, Christopher Nolan), de manera que el desafío tanto de Phillips como de Phoenix era grande.

    A nivel interpretativo parece más que superado: tener un protagonista de la talla de Joaquin Phoenix es señal de éxito, y lleva desde hace años demostrándolo a través de interpretaciones que van desde Her (2013, Spike Jonze) hasta The Master (2012, Paul Thomas Anderson), pasando por The Village (2004, M. Night Shyamalan) o incluso Gladiator (2000, Ridley Scott). Y si nos encontramos delante de un protagonista así de carismático, tener a De Niro como secundario solo consigue darle un valor añadido. La figura de este último, además, será una de tantas referencias de Phillips al Scorsese de los años setenta y ochenta, que no para de hacer homenajes que van desde Taxi Driver (1976) hasta The King of Comedy (1982). Así pues, los puntos flojos de la película aparecen en el momento en el que uno deja de pensar en los actores, ya que por muy buenos que sean y que consigan camuflarlo hay momentos donde es más que evidente que hay algo en lo que Phillips no puede imitar a Scorsese por mucho que intente utilizar toda su estética: el guion.

    El mayor problema de Joker es su falta de cohesión a la hora de verla en su conjunto: si bien hay varias escenas que son clave en la trama de la película y que están ejecutadas de forma brillante, el guion de Phillips y Silver hace aguas para llegar hasta esas imágenes nucleares de la película, hasta el punto de llegar a tomar al espectador por tonto y tener que dárselo todo o muy mascado o muy ambiguo; sin punto medio. Es en los elementos originales que Phillips intenta introducir para reinventar la clara influencia de la que bebe donde más caótica resulta la narración, sobre todo por su voluntad de querer abarcar mucho y tomar al espectador como alguien que parte de cero y no sabe de dónde proviene la figura del villano protagonista. Después de tantas versiones del personaje, parece incluso que Phillips tome al espectador de su película por tonto y que se lo tenga que dar todo mascado. 


    La decisión de partir desde los años ochenta para mostrar a Arthur Fleck es todo un acierto, que entronca con otra película de este año que muestra los orígenes de una superheroína como es Captain Marvel (2019, Anna Boden y Ryan Fleck), pero toda esta puesta en escena comienza a fallar en el momento en que se hace uso de los flashbacks y de todas las referencias a Bruce Wayne y su familia. Casi todas las escenas en las que hay una relación entre el que más adelante será Batman y Arthur Fleck son totalmente prescindibles, y llega un momento en el que uno se pregunta si realmente una película así necesita sostenerse de escenas y de una iconografía que ya está asumida por el imaginario colectivo, por no decir que en algunos momentos llega a haber un desfase de fechas y edades digno de otra película completamente diferente a Joker como es Mamma Mia! Here We Go Again (2018, Ol Parker). Y si en la película musical de ABBA no cuadraba demasiado que Meryl Streep fuera hija de Cher pero decidíamos hacer un esfuerzo por intentar olvidarlo para pasarlo bien, en el caso de Joker es todo lo contrario: parece que Phillips se empeña en que el espectador no deje de tener en mente a Bruce Wayne aunque este sea un niño de ocho años, para así llenar su película con todo ese imaginario que hemos visto por activa y por pasiva.

    De la misma forma que una película de Batman se puede sostener sin la presencia de Joker, Joker podía borrar por completo la aparición del superhéroe y seguir siendo una buena película. De hecho, todas las escenas que son cruciales para la película ni siquiera necesitan toda esa tanda de referencias que Phillips decide meter en su batidora de homenajes junto a Scorsese. Lo mismo ocurre con los flashbacks que se nos presentan en la película: la figura de Thomas Wayne (Brett Cullen) se presenta como el villano y la representación de una sociedad corrupta donde las altas esferas se dedican a destrozar al resto, pero de eso a que acabe habiendo una trama digna de telenovela con padres secretos e infancias tristes de por medio hay un paso; y el guion prefiere llegar a este paso en vez de quedarse solo en una crítica a la sociedad, sea esta más o menos compartida por el resto. Si la intención de Phillips, tal y como ha manifestado en gran parte de sus entrevistas, era mostrar un reflejo de la sociedad de Gotham que se puede trasladar a la actualidad, en el momento en el que se juntan las referencias a la familia Wayne y los giros de trama de película de sobremesa de un sábado a las cuatro de la tarde pierde bastante peso. 

    Por mucho que intente renegar de ese cine de superhéroes que Marvel está realizando en la actualidad y pretenda mostrarse como una película de autor, parece que sin las referencias al héroe por excelencia la película no pueda sostenerse. Esto acaba reflejándose por completo en una de las escenas que más cojean de toda la película en mitad de lo que se transforma en una revolución del pueblo (llevo toda esta entrada sin hacer referencia ni a payasos ni a memes, me estoy controlando) en contra de los corruptos que solo se centran en ellos mismos pero no en los problemas que hay en la sociedad: en mitad de esta espiral de violencia liderada por Arthur Fleck, Phillips tiene que meter con calzador la escena clave que hemos visto en todas las películas de Batman. Porque claro, el espectador que va al cine a ver Joker no conoce al personaje de nada y tiene que ver de nuevo la imagen de Bruce Wayne viendo cómo mueren sus padres en mitad de un callejón; y ni siquiera es una venganza que se cobra el protagonista por todas esas tensiones familiares que había habido entre ambos, Phillips le reserva el privilegio a un canallita aleatorio que sigue la corriente del payaso jefe.

    Sí es cierto que antes de llegar aquí hay escenas por las que vale la pena ver la película, pero en el momento en que Phillips se arriesga es cuando más desconcierta al espectador; ya sin entrar a las críticas sobre si la película es una oda a lo incel con comentarios que recuerdan a algunos humoristas de la actualidad quejándose de que ya no se puede hacer el mismo humor que antes. Y si la ejecución sigue siendo buena es, sobre todo, porque se ha sabido envolver muy bien. Al fin y al cabo, no se deja de estigmatizar una figura con una enfermedad mental (otra vez, utilizando el estereotipo de que una persona con enfermedades mentales pasa directamente a ser violenta por culpa de su enfermedad y la sociedad en la que vive) y acaban justificándose en cierta manera las acciones de Arthur por el simple hecho de haber tenido una infancia traumática gracias a esos flashbacks que confunden más que aclaran. Así pues, Joker acaba siendo un bombón muy bien envuelto que tiene un buen sabor aunque tenga un cierto regusto a rancio, y que cuando te lo acabas de comer te deja insatisfecha.
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