• European Crime Story o la fascinación por lo oscuro


    El género del true crime poco a poco va ganándose adeptos en una sociedad en la que cada día vemos crímenes e injusticias a través de las redes sociales o las pantallas de nuestros televisores u ordenadores. Somos morbosos por naturaleza, de manera que no es extraño que nos encante conocer todos y cada uno de los detalles de esos casos escabrosos que nos rodean. ¿Y qué pasa cuando no hay casos que nos hagan poner los pelos de punta cada día? Pues la solución es fácil: reaparecen aquellos episodios negros que parecían haber dado de sí pero que siguen repletos de incógnitas. Así pues, y a través de una plataforma como es Netflix, la cuestión que aparece ante nosotros de nuevo con la llegada de este documental es fácil: ¿qué fue de Madeleine McCann?

    Cada país tiene sus manchas que pretende ir limpiando para que queden en el olvido, pero que se transforman en parte de la mitología negra de éste. Y, mientras en España podemos establecer la imagen dantesca de Nieves Herrero entrevistando a los familiares y allegados de las niñas de Alcàsser instantes después de encontrar sus cuerpos sin vida como el nacimiento de la telebasura (que todavía perdura en una sociedad capaz de poner un streaming en pleno rescate de un niño en un pozo como si de la última temporada de nuestra serie favorita se tratara), el más claro ejemplo de este uso exacerbado de los medios en Europa en los últimos años aparece de la mano de los McCann y la desaparición de su hija Madeleine en el Algarve portugués, que dio la vuelta al mundo.

    Tal vez uno de los mayores inconvenientes de esta miniserie es que la historia que nos cuenta La desaparición de Madeleine McCann (2019, Chris Smith) ya la hemos escuchado por activa y por pasiva desde que apareció en los medios la imagen de la pequeña rubia allá por 2007. En los casi doce años que hace que se perdió la vista de la pequeña, desde el primer minuto estuvimos asistiendo a lo que era un total despliegue de medios en pos de un circo donde unos padres desgarrados, unos policías ineptos y unos periodistas carroñeros hacían las veces de payasos, bufones o animales (en este caso incluso de manera literal, porque una de las piezas clave de todo este caso la traen unos perros rastreadores de cadáveres o sangre).

    Como consumidores de televisión y noticias que somos, en aquel 2007 nuestra sociedad ya estaba acostumbrada a este tipo de casos con niños o jóvenes de por medio; no solo en España, donde imágenes como la desaparición de las tres chicas de Alcàsser después de que se pusieran a hacer autostop o el caso Wanninkhof todavía se impregnaba cierto miedo y especulación en el aire que respiraba la sociedad sino que, como ya he dicho antes, todos los países tenían sus propias tragedias; y si no las tenían todavía, estarían por aparecer. Pero estos casos, en lo general, solían ser protagonizados por chicas jóvenes, de manera que lo de Madeleine era distinto: una niña pequeña, que simplemente estaba veraneando en Portugal con sus padres desaparece y hace que dé lugar a un rompecabezas en el que faltan muchas piezas y sobran otras tantas, fruto de un miedo infundado por parte de los medios a gran parte de la sociedad.

    No nos gusta asustarnos y tener que pasar miedo en situaciones que tendrían que ser completamente seguras como unas simples vacaciones en la playa, pero a su vez recurrimos a las teorías más macabras y rocambolescas que cualquiera nos ofrezca para estar seguros y a salvo de los posibles peligros que acechan. El morbo gusta pero, sobre todo, vende: y la historia de unos padres desalmados que son capaces de deshacerse del cuerpo de su hija tras darle una sobredosis gusta más que la idea de que haya gente que quiera hacer daño a más gente y que no se limite a una sola niña. 

    Sabemos que hay miles de niños desaparecidos por toda Europa, pero el caso de Madeleine ofrecía morbo y un punto de fuga para aquellos que estaban más preocupados: la culpa no era de la sociedad ni de nadie relacionado con Portugal, sino de los padres. Así pues, para los policías y el emergente sector turístico de la zona ya tenía los culpables incluso antes de empezar la investigación: es mejor (y llama más la atención) un caso donde los padres se deshacen de su hija a que suceda algo que pueda manchar el nombre del país, un sitio en el que tanto policías como periodistas portugueses se encargan de remarcar que es muy tranquilo. 

    Cada cierto tiempo aparece un caso en los medios que hace sentir a la sociedad que, por muy mal que les estén yendo las cosas, siempre podrían estar en el lugar de una familia desgarrada. No hace falta irse de este país para encontrarnos con algunos de los ejemplos de esto, ya que cada sitio tiene sus luces y sus sombras; y episodios como el caso de Marta del Castillo o el pequeño Gabriel son solo unos pocos ejemplos de cómo nos gusta sufrir junto a un grupo de personas desoladas; tal vez para regocijarnos y pensar que podríamos estar en ese sitio. Madeleine y los McCann, cuyo suceso se haría conocido en pleno nacimiento de las redes sociales y los por entonces desconocidos trolls que se irían haciendo paso por Internet, fueron la personificación de todo esto, un sitio al que acudir para consolarse con un "podría ser peor".



    Todo este placer por la muerte, lo aberrante y que llega a superar la ficción en muchas ocasiones no es solo una cosa de los europeos, sino que nos lo encontramos en todas partes. Evidentemente, Estados Unidos no se queda atrás, y el true crime se puede ver desde programas ya míticos como Mystery Detectives (que empezaría a hacerse famoso en nuestro país a través de laSexta con el nombre de Crímenes Imperfectos) hasta la antología creada por Ryan Murphy American Crime Story (FX, 2016-). Incluso una plataforma puramente millennial como es Buzzfeed cuenta con su contenido específico basado en el true crime con sus Buzzfeed Unsolved (YouTube, 2016-), de manera que el morbo no entiende ni de edades ni de nacionalidades: a todos nos mueve lo visceral.

    A través de los ocho capítulos de la serie de Netflix, La desaparición de Madeleine McCann vuelve a acercarse a algo que la plataforma online ya había hecho con Making A Murderer (Netflix, 2015-): todas las hipótesis que se han planteado alrededor del caso con el tiempo van apareciendo y se ponen sobre nuestra mesa de investigaciones: desde las más llamativas que trascenderían a los medios como la supuesta presencia de sangre de la pequeña en el maletero del coche de alquiler de sus padres, hasta aquellas que pasaron desapercibidas para la mayoría de la gente, como la presencia de círculos pedófilos en Portugal o casos semejantes al de Madeleine a apenas 21 kilómetros de distancia de donde la niña fue raptada como el de la joven portuguesa Joana Cipriano. 

    Otro de los puntos a su favor es el uso del archivo (tanto de las noticias de la época como las entrevistas a los padres a través de los medios de medio mundo), entrevistas y recreaciones, de manera que aporta una visión caleidoscópica de algo de lo que quienes habíamos seguido el caso a través de los medios solo teníamos dos visiones hasta el momento: la de una policía portuguesa, que parece salida de un episodio de Cuéntame en su época setentera, con la presión de tener que admitir que su país no es tan seguro como quieren aparentar o vender a los turistas contra la de unos padres que, si bien fueron capaces de desplegar un tour por toda Europa para encontrar a su hija como si de una banda musical se tratara, solo quieren saber la verdad de qué le pasó a la pequeña durante aquella fatídica noche.

    La desaparición de Madeleine McCann nos pone todas estas cartas sobre la mesa a través de testimonios que dan una visión global del caso y que hacen que al espectador se le empiecen a desmontar los esquemas de la historia que nos habían querido vender los medios años atrás: vemos a periodistas que estuvieron desde el primer día cubriendo la noticia y que serían manipulados para contar la versión que convenía más a la policía por aquel entonces, amigos de los McCann o, incluso, al ya famoso (no para bien, precisamente) inspector Gonçalo Amaral, responsable de gran parte de la investigación. Así pues, Netflix repite el patrón de otra de las miniseries con las que cuenta en su catálogo y que no es, ni más ni menos, que un suceso que tendría lugar en España seis años después de la desaparición de Madeleine: el caso Asunta.

    Lo que la verdad esconde: El caso Asunta (2017, Elías León Siminiani) tiene varios puntos en común con La desaparición de Madeleine McCann pese a las diferencias evidentes: mientras aquí tenemos el cuerpo de la niña y unos padres que, al contrario de los McCann, sí fueron culpados de administrarle fuertes dosis de benzodiazepinas a la pequeña, seguimos con los testimonios, las recreaciones e imágenes de archivo que incluyen el cuerpo inerte de la pequeña. Pero al contrario que los medios capaces de hacer del hallazgo de tres cadáveres un circo en prime time, con ganas de ofrecer al espectador hasta lo que éste puede llegar a rechazar, las pruebas que aparecen tanto en el caso de Asunta como en el de Madeleine McCann no están puestas ahí para provocar una reacción en el espectador, sino para que este comprenda todo lo sucedido sin necesidad de tener que verlo filtrado o cambiado por los medios.

    El caso Asunta es la fantasía que les habría gustado a los policías portugueses tener entre sus manos: unos padres que acaban deshaciéndose de su hija, todavía con puntos de la historia inconclusos. Pero mientras quien acuda al documental de la pequeña gallega se llevará sorpresas y atará varios cabos, en el caso de Madeleine McCann jugamos con esa desventaja desde el primer minuto: por muchas confabulaciones que giren alrededor de la historia, el espectador acabará encontrándose delante de lo que podría ser una de esas típicas pizarras de los detectives. Tenemos los posibles motivos, los personajes y el lugar. Ahora solo queda acabar de rellenar los huecos, algo que la serie nos plantea pero que es evidente que sigue buscando. No es casual entonces que la primera imagen que veamos sean los números de teléfono a los que llamar en caso de tener pistas sobre la pequeña pero, sea lo que sea, acaba dándonos ese morbo e interés por el crimen que nos corroe.
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