• De flores que laten y novios tóxicos


    Por lo general, no suelo ver las películas más de una vez en el cine. Este año, en cambio, han habido dos películas capaces de conseguir que me siente en la butaca y sienta tantas o más sensaciones que la primera vez. Y mientras que la primera vez fue de la mano de un blockbuster y el punto y aparte de una historia como es Avengers: Endgame (2019, Anthony y Joe Russo), este verano he tenido que ver de nuevo Midsommar (2019, Ari Aster), el segundo largometraje del estadounidense, después de salir con una sensación de satisfacción y desasosiego a partes iguales en su primer visionado. Y es que, posiblemente, Midsommar haya sido de mis experiencias cinematográficas favoritas en lo que va de año; además de una brisa de aire fresco para este género, que ha visto cómo en estos últimos años aparecían nuevas figuras que le daban una vuelta de tuerca, como Jordan Peele o el propio Ari Aster. 

    Así pues, mientras a principios de este año aparecía Us (2019, Jordan Peele) para sorprender a un público que estaba deseoso por ver qué sería lo siguiente del director de Get Out (2017, Jordan Peele), el verano estaba reservado para que Aster hiciera lo propio y nos ubicara en un lugar bastante pintoresco y repleto de simbolismo en esta segunda aventura, Midsommar: una comunidad pagana sueca, los Hårga, su celebración del solsticio de verano... Y la aparición de un grupo de universitarios americanos que escogen este lugar como destino para sus vacaciones e investigaciones académicas. Pero de la misma forma que ocurría con Booksmart (2019, Olivia Wilde) en la anterior entrada, el estreno de la película en verano, que cada vez se ha visto reducido a menos salas ha propiciado que apareciera de forma efímera por algunas de las carteleras españolas, aunque por estas todavía no hayamos podido disfrutar del Director's Cut de Aster (que hasta ahora solo ha visto la luz en los Estados Unidos y amplía el metraje que ya hemos podido disfrutar a unos 170 minutos). 

    Aun así, estoy segura de que Midsommar irá ganando muchos adeptos con el tiempo; al igual que detractores, indistintamente del momento de su estreno. En la cinta, Aster une el terror con la incomunicación de la pareja para tener al espectador pegado al asiento durante más de dos horas de metraje y, sobre todo, dejarlo con una sensación de vacío y desconcierto constante. Una de las principales diferencias entre la ópera prima de Aster con Midsommar puede encontrarse en el ámbito estético: la oscuridad y el ambiente hogareño que se respiraba en Hereditary (2018, Ari Aster) en esta ocasión pasa a convertirse en todo lo contrario, hasta el punto de que la luz esté presente en todo momento debido al sol de medianoche nórdico. Al igual que gran parte de las películas de este género, uno de los problemas de la cinta yace de la incursión de americanos en una cultura foránea: llámalo estudiantes con ganas de encontrar la experiencia sexual del año como en el caso de Hostel (2005, Eli Roth), llámalo antropólogos con ganas de centrar su tesis en una pintoresca comunidad sueca. Y también con ganas de encontrar alguna que otra experiencia sexual, claro. 

    La incomunicación es crucial en Midsommar: no solo entre los miembros de los Hårga con los visitantes, sino también entre Christian (Jack Reynor) y Dani (Florence Pugh), la pareja protagonista. Para Dani estas no son unas simples vacaciones, sino también un intento de dejar atrás todo lo que ha perdido en su casa y que no parece demasiado respaldada por su pareja, que lleva tiempo queriendo dejarla y no sabe cómo. Así pues, esa comunidad que inicialmente parece salida de un cuento es el refugio de la protagonista. Para Christian, en cambio, este es el escenario en el que queda en evidencia que no solo su relación está en la cuerda floja, también puede llegar a hundirse su trayectoria académica después de querer copiar la idea de otro de sus compañeros, Josh (William Jackson Harper), para realizar su tesis doctoral.


    Pero la estética de Midsommar, rodeada de coronas de flores, vestidos blancos y personas suecas sonrientes esconde algo muchísimo más tétrico de lo que cualquiera de los turistas que asisten al festival del solsticio de verano puedan imaginarse, aunque no sea la primera vez que Ari Aster se nutre de esta confusión inicial: solo hace falta ver Munchausen (2013, Ari Aster), donde la trágica historia alrededor del trastorno que da nombre a la pieza se camufla entre esa estética que flota en el aire y recuerda al inicio de una película tan en las antípodas como es el caso de Up (2009, Pete Docter). Lo que esconde toda esa apariencia acaba rompiendo bruscamente cuando el espectador descubre algunas de las tradiciones de esta comunidad, que van desde el suicidio de los ancianos de la comunidad al llegar a la edad de 72 años, hasta el culmen de la escena final donde podemos ver un homenaje más que evidente a The Wicker Man (1973, Robin Hardy). 

    No obstante, aunque haya estos momentos más bien bruscos para el espectador, desde el momento que los cuatro estadounidenses acompañados de su amigo y miembro de los Hårga, Pelle (Vilhelm Bromgren), llegan a Hälsingland se respira un ambiente extraño que acaba descubriéndose como otra película de terror más donde poco a poco irán desapareciendo cada uno de los personajes y correspondientes clichés. En esta forma, y haciendo también uso del metalenguaje tal y como se podía ver años atrás en The Cabin in the Woods (2012, Drew Goddard) y su correspondiente "sacrificio a los dioses", aquí todos los personajes también cumplen con su rol, que se avanza ya al principio de la película: desde Mark (Will Poulter), que no está interesado en nada de lo que le enseñan y que incluso se mofa de los rituales hasta Josh, el hombre que quería saber demasiado y que al final no se distancia tanto de otra falta de respeto a la comunidad que los está acogiendo durante esos días... 

    Sin dejar a un lado el luto de Dani por la pérdida de sus padres y su hermana y la frustración al verse incomprendida en su relación con Christian. Al igual que en The Wicker Man, y alejándose de todos los esquemas de los slasher tradicionales, es Christian el que acaba siendo objetificado y no la chica; sobre todo en la escena donde es drogado y forzado a mantener relaciones con una joven de la comunidad (y que el propio Jack Reynor comentó después de que su desnudo fuera considerado como algo polémico a la par que sorprendente en un género donde suelen ser las chicas las que se muestran desnudas). El llanto desconsolado de Dani, constante a lo largo de la película, demuestra también que Midsommar se sostiene sobre todo gracias a su protagonista: Florence Pugh. 

    Desde sus llantos al inicio de la película hasta la frenética escena del maypole (de nuevo, otro guiño de Aster a The Wicker Man), es la actriz inglesa quien lleva casi todo el peso de la cinta, además de demostrarse como una de las actrices más interesantes de estos últimos años. Mientras esperamos tanto su aparición en la coral Little Women (2019, Greta Gerwig) como su incursión en una franquicia como es Marvel de la mano de Black Widow (2020, Cate Shortland), Midsommar nos deja con ganas de más de saber qué va a ser lo siguiente que haga Pugh... Y también de cómo va a continuar la aventura de la joven con los Hårga. Tal y como ocurre en otra producción de A24 como es el caso de The Witch (2015, Robert Eggers), solo sabemos que tanto Thomasin (Anya Taylor-Joy) como Dani acaban rindiéndose y entregándose a los encantos de las personas que las quieren acoger después de descubrir que aquellos que las rodean han querido hacerles daño con ciertos contrastes: Eggers utiliza lo sencillo a la par que oscuro para plasmar el aquelarre en el que aparece Thomasin; Aster sigue utilizando una estética recargante, floral y repleta de luz y color. Y es esa sonrisa de una Dani repleta de flores al ver cómo arde el templo con el que un día fue su pareja y los amigos de éste dentro la que nos hace pensar qué será de ella durante los próximos días de la festividad pero, sobre todo, que por fin es feliz.
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